miércoles, 19 de mayo de 2010

Un cuento. Un poco de relax.

Esto es algo que hago por primera vez (al menos que lo termino), pero tiene un poco de trampa, porque en cierta medida es un relato. VA:


Cuento para chicos grandes y para grandes con algo de chicos en su corazón


Titi! Titi!! -me llamó mi mamá, con voz de preocupación.
Yo me asusté y me alarmé un poco, abandoné el martillo en el suelo y fui corriendo a la cocina a ver que pasaba. Ella estaba bien, como siempre haciendo la comida. Entonces me dice:

-Fijate que entró un perro y se fue derecho al galponcito.
En esa época no sólo los perros podían entrar a mi casa (y a otras casas también) sin mucho problema. La puerta de alambre tejido con armazón de caños trabajados, estaba sujeta con un lazo de alambre o trapo cuando nos acordábamos de ponerlo. Seguramente alguno la dejó abierta -debo haber sido yo mismo- de par en par y por ese motivo se metió el perro. Pero ¿Que clase de perro era? ¿porqué vino a refugiarse a casa? Era un misterio porque nunca antes había pasado!.

-Echalo! me dice.
Entonces voy a ver en el galponcito y de la primera mirada no veo nada, luego de recorrer con la vista el amontonamiento de cosas, que era el orden usual de mi reducto preferido. ¿No se habrá metido allí abajo? -pensé. Me tiré al suelo húmedo de ladrillos comunes y alcancé a ver algo luego que mi vista se reacomodó a esa oscuridad. Distinguí unos ojos replandecientes que me miraban fijo y de a poco una boca semiabierta mostrando unos dientes largos y blancos colmillos amenazantes que me decían:
-Yo, de aquí, no me voy.

Ambos nos quedamos sin cambiar de posición, hasta que pude distinguir claramente un perro blanco que iba aflojando de a poco su pánico. Mi mamá era bastante blanda y sus exigencias nunca resultaban terminantes, por eso pensé en algún arreglo. Voy a la cocina y le explico, exagerando mucho mi imposibilidad de echarlo.

-Bueno -me dice -cuando venga papá le diremos que se ocupe él. -Ya bastante trabajo tengo yo con ustedes 4 como para atender a un quinto. Dejalo por ahora.
En lugar de echarlo -cosa que por otra parte iba a significar toda una operación que yo repudiaba realizar- disimuladamente busqué algo para darle de comer. No puedo recordar que le dí pero el perro intruso recibió con mucho agrado, y comió con cierta desesperación a pesar de que no parecía nada flaco.

Por un rato me olvidé del tema y volví a mi martillo, clavos y cajones usados que pacientemente desarmaba sentado en el suelo del patio, para reciclar la madera para mis obras infantiles. Creo que tenía 8 años, pero te puedo estar mintiendo porque tal vez tuviera 9. No sé.

Yo estaba más bien contento, porque pensaba en la posibilidad de hacerme un nuevo y fiel amigo. Sólo había tenido amistades esporádicas con perros de otros chicos.

Mi papá vino, como siempre, a la una a almorzar, pero en ese momento no podía más que comer rapidito e irse a trabajar al trote. De todos modos, mi mamá no le contó la novedad. No se si adivinando mi esperanza, o porqué no quería complicarlo.

Durante toda la mañana visité solo una vez a mi probable amigo y comprobé que estaba en su lugar.
No sé que habrá dicho la maestra esa tarde, porque yo estaba concentrado en la novedad e imaginando todo tipo de aventuras en paseos con mi nuevo perro blanco. Cuando vine de la escuela y llegué a casa, ni me saqué el guardapolvo para comprobar rápidamente su presencia: todo seguía igual. Esta vez me resultó más fácil conseguirle algo para comer pues mi mamá estaba en la piecita del fondo zurciendo medias o algo parecido. Quise tentarlo a salir un poco de su guarida poniendo la comida a un par de metros de su refugio, pero no se movió. Entonces salí, y luego de un rato comprobé que había comido todo.

Mi papá vino cuando ya caía la noche, y por suerte -pensé yo- el galponcito no tenía luz. Recién cuando estabámos los 6 en la mesa cenando mi mamá le contó la novedad: no se inmutó y siguió cenando con los buenos modales de siempre. Había esperanzas. Parecía un duro e inflexible, pero yo sabía que para ciertas cosas no lo era tanto.

-Parece muy bueno y es blanquito y lindo- dije yo varias veces, mientras mis hermanas mayores me tiraban sonrisas cómplices.
Mi hermano, el negrito, tendría unos dos años y mostraba indiferencia total: no parecía preocuparle y ni lo había visto. El enojo de mi mamá ya se parecía más a resignación, mientras explicaba todos los inconvenientes de tener un perro en la casa. Casi me estaba diciendo que la nueva tarea tendría que ser exclusivamente mía, dada la reacción blandengue de mi papá, quien dijo: -Bueno, si no se va solo, el sábado vemos.

Seguimos comiendo normalmente como si no hubiera pasado nada. Pensé que era sólo mi corazón el que bricaba de alegría.

Esa noche me costó dormirme y me desperté a la mañana temprano cuando mi papá ya había partido para su trabajo y mis hermanas se preparaban para salir. Acostumbraba a quedarme remoloneando en la cama, pero esa mañana, tomé conciencia de la situación y esperé atento hasta que "las chicas" se fueran a la escuela y mi mamá al mercado. Entonces, así como estaba me fui a visitar a mi amigo, con la seguridad de encontrarlo allí. Tardé para que mi visión pudiera acomodarse a la oscuridad del galpón, a esa temprano hora.
Y... GRAN SORPRESA: Se trataba de una perra lamiendo a incontables cachorritos recién nacidos, que buscaban a tientas las tetitas de la gran madre múltiple, la que luego fue bautisada como Diana.

Las que ponían los nombres eran mis hermanas. Nunca supe el motivo de que pusieran Diana a mi perra madre. También habían puesto mi apodo Titi. Te imaginás que yo era un juguete de carne y hueso para ellas, que me llevaban 5 años Nora y 6 Alba. Y un día me contaron que mi nombre viene de mis respuestas afirmativas a media lengua: ti, ti.
Muy naturalmente había aceptedo mi nombre como el de Diana.

A los pocos días de la maternidad los perritos se hicieron unas pelotitas peludas que pasaban sus horas jugando y formado una fila en la pancita de su madre pródiga. Diana era ejemplar y todos estábamos embelesados de tan admirable espectáculo. Tratábamos de ayudar y ella nos dejaba tomar en brazos a sus juguetones, hermosos y cariñosos hijos. Diana era blanca con unas pocas manchitas negras, y uno de ellos, al que yo levantaba siempre, era negro con unos pocos mechones blancos.

Lo de la perra me hizo pensar en mi mismo y en toda mi familia. Mi papá era una pieza clave para nosotros y el único que salía a trabajar bajo patrón, y nunca se me había cruzado por la cabeza la idea de no tenerlo, como parecía ser el caso de la cría de Diana y sus cachorros.

El Negrito, era mi hermano menor, cuyo nombre también fue de la creación de "las chicas". El también aprovechaba a jugar con los cachorritos cuando Diana se estiraba al sol para darse calor a si misma y a sus pequeños. Yo solía mirar extasiado y filosofar: ¿Porqué tan ditintos si son todos hermanitos? ¿Quién es, donde está el papá de los cachorros? me preguntaba repetidamente.

Nuestros recursos eran los justos, pero nos ingeniábamos para alimentar a la insaciable Diana. El resto lo hacía ella con sus abundantes recursos de madre. Por un tiempo me olvidé de mis cajones de manzana, clavos y martillo, para observar y jugar con los nuevos integrantes de la familia. Por ese tiempo no corrí el riesgo de fallar en el martillazo y repetir el proceso de un cambio de uña. Mi nueva preocupación era proteger a esa familia, insertada con mi ayuda y a regañadientes dentro de la mía.

Esa pregunta del papá de los perritos y de la diversidad se la hice a mi mamá. Me explicó a su modo y yo puse sus palabras en un riconcito esperando entenderlas mejor algún día: ¿Cómo es eso de que cada perrito puede tener un papá diferente y una sóla mamá? ¿Qué se había hecho de los padres?.
La cuestión es que el problema seguía creciendo, decía mi mamá, y pronto habría que darle comida a todos. Yo veía el problema y aceptaba la postura que era indispensable regalar algunos.

Cuando quería jugar con alguno, levantaba el negrito de manchas blancas, y me lo llevaba a otra parte de la casa. Diana me miraba con mirada permisiva, al menos así lo veía yo. A veces lo traía a la cocina, donde comíamos los 6, ahora 7. Me sorprendió lo pronto que me aceptaba alguna cosita que no fuera la leche materna.

Con esa magia que tenían Nora y Alba para poner justo el nombre adecuado, Biyú y yo aceptamos inmediatamente la sugerencia.

A los pocos días, al hacer la rutina mañanera de levantarme para iniciar el día, como siempre, fui a ver a tan particular familia. Encuentro sólo a Diana con el Biyú. Ya mi mamá me había explicado con paciencia que ya nosotros éramos muchos y que si yo me portaba bien le dejaríamos un perrito. Yo mismo elegí al Biyú. Lo comprendí y ya lo había aceptado por más doloroso que fuera.

El Biyú quedó y a los otros "los regalaron", me dijeron. Acepté sin preguntar. Biyú se transformó inmediatamente en mi compañero de juegos y de paseos. Me seguía a todas partes mientras su mamá le hacía compañia a mi mamá. Finalmente ambas madres se hicieron inseparables amigas. Como si la mutua presencia se hizo una necesidad de ambas madres.

Biyú me acompañaba a hacer los mandados, y me costaba hacerlo quedar en la puerta de los locales de negocios. Pero pronto se acostumbró a la espera. Recuerdo que le gustaba ir a la panadería que estaba a 3 cuadras de casa, ¿Sería porqué en la caminata de la vuelta nos comíamos como medio pan francés de los 5 que entraban en un kilo? Mi mamá se acostumbró a la falta, pero a la carnicería iba ella. Biyú y Diana desgastaban los huesos de costilla que quedaban luego del almuerzo.

Me apasionaba ver lo rápido que crecía y cómo aprendía todas las lecciones. Si, eso que hacen todos los perros y cada uno de nosotros creemos que se trata del más inteligente del mundo. Con excepción de "La Gata" (así se llamaba) experimentada de tanto andar, y que había visto crecer a su pequeña competencia alimentaria, Biyú odiaba a los gatos. Le encantaba hacerse el enojado hasta con los simulacros de gato que yo le hacía con un escobillón: Lo desplazaba por los alambres y tirantes en los que se enroscaba la añeja parra de uva "chinche" que teníamos en el patio del fondo. Nunca supe si se prendía en el juego o ladraba con toda su furia porque se creía realmente que era un real y auténtico gato. Tanto se entusiasmaba que parecía pedirme con la mirada que repitiéramos el juego, cosa que yo hacía, y él reproducía su furor extremo. De eso no se cansaba nunca, yo si.

Un día, Biyú me siguió hasta la escuela y no hubo forma de disuadirlo y hacerlo volver. Cuando entré seguí viéndolo atento y medio perdido entre tantos guardapolvos blancos, mientras el portero trataba de echarlo. Fui al aula con la preocupación de que no sabría volver, porque nunca lo había hecho solo. Mi escuela estaba a 3 cuadras de casa y yo estaba seguro que nunca se había alejado tanto. Al primer recreo me asomé y el Biyú ya no estaba. Entonces pasé todo el tiempo pensando que lugares recorrer para encontrarlo. Al timbre final de salida, me escurrí como un rayo y llegué corriendo a mi casa.

Abandoné mis cosas y arroje mi guardapolvo en cualquier parte para explicarle a mi mamá (que como siempre estaba con su inseparable amiga Diana) lo sucedido, quién solo me tiró una mirada canchera con apenas una sonrisa, y salí volando a ver la cucha que tan pacientemente había construido con madera de cajones de manzanas. Adivinaste, el tipo estaba durmiendo completamente relajado.

Un día el Biyú desapareció del todo, y salí a buscarlo a la tardecita. Ya de noche volví solo, con una gran angustia. A la hora de la cena ninguno se animó a hablar del tema, ni de ninguna cosa. Creo que no solo era para evitar alimentar mi tristeza, pues esa noche faltaba un miembro de la familia. Solo a Diana se la veía como siempre, como diciéndonos que no nos preocupáramos, ya volvería. Era un viernes, y a la hora del queso y dulce, mi papá se animó a hablar y dijo, no se preocupen mañana salimos todos a buscarlo y con Diana lo vamos a encontrar enseguida. No se quien durmió esa noche. Tengo la impresión que yo caí como dormido con la imagen del biyú permanentemente rondando mi cabeza.

A la mañana siguiente, luego de tomar la leche, hicimos un plan. Hasta mi mamá salío con mi hermanito que ya caminaba bien. Ellos hicieron un recorrido corto, como unas vueltas a la manzana. Mis hermanas salieron juntas para la zona de la escuela. Y mi papá me llevó a mi, eligiendo siempre algún camino donde nos parecía que había perros. Papá dijo que a las 2 horas nos encontraríamos en casa nuevamente con (o sin) el Biyú. Efectivamente, primero había llegado mi mamá porque debía hacer la comida, luego llegaron las chicas, y después nosotros. Al llegar al punto de encuentro, la cocina, en seguida se notaba que nadie había encontrado nada. No llorábamos, pero igual mamá trataba de consolarnos: ninguno de nosotros creíamos en su sinceridad cuando dijo que después de todo era un problema menos, por esto y por lo otro.

Nos quedamos en la cocina un buen rato mientras las chicas fueron a hacer sus deberes de la escuela. Cuando la sopa estaba lista, el clásico llamado de mi mamá "A COMEEEER" aunque más débil que de costumbre fue escuchado por Alba y Nora. Pero no fueron ellas las que llegaron primero, sino el Biyú, que rengueando y desalineado vino en segundos, como siempre. Quedamos sin saber en que momento entró, pero estábamos seguros que había ido directamente a su cucha para reponerse del agotamiento.

Al mediodía o noche, a la hora de comer, ya era una costumbre que el Biyú se ponía debajo de la mesa, junto a mi, mirándome fijo entre mis piernas, asomaba su trompa dispuesto a tragar lo que viniera. Por supuesto que yo compartía mi comida, que de puro descuido siempre me servían con generosidad. Hasta llegaba algunas veces a darle un poco de mi queso y dulce, lo que es mucho decir, que mi papá repartía con precisión milimétrica.

Diana nos duró poco. Un día, luego de unos meses o tal vez al año, abandonó nuestro hogar y no volvió nunca más. Bastante más adelante sabría el motivo. Confieso que lloré y la vi muy triste a mi mamá. La busqué por todos lados. No hubo caso, no la encontré nunca más.

Yo dormía en la pieza del medio de nuestra casa tipo chorizo de mi barrio de Versailles, que mi papá iba levantado ladrillo a ladrillo, haciéndola crecer a medida que la familia crecía. Biyú dormía, al menos en el verano, en la puerta de mi pieza que daba al patio. Resultó cierto que a veces era una molestia, porque esta vez me tocó en carne propia: Ciertas noches, el perro, obedeciendo a un recóndito mandamiento genético se ponía a aullar como un lobo, y no tenía forma de convencerlo de que desistiera de su inexplicable comportamiento.

En esas épocas de máxima buena onda que teníamos con el Biyú, me acompañaba en mis juegos infantiles con los chicos. La cancha de los juegos era la vereda del almacén de Don Marcelino Ramos, en Dupuy (luego Roma, para esa época recientemente pavimentada) y Marcos Sastre. Sobre esta, estaba la vereda de tierra, usada por nosotros para nuestos juegos de bolitas, de robaterrenos y del hoyopelota. Pero no te asustes que no te voy a explicar los flexibles reglamentos.

Estos juegos siempre eran conflictivos y no era nada raro que termináramos a las piñas. Yo andaba bastante bien para las bolitas y ese día ya habíamos programado un desafío con el campeón del barrio. En el medio del juego, interpreté que mi contrincante había violado el reglamento, robando como 30 cm cuando tiró y pegó a mi bolita. Las voces subieron de repente y estuvimos a centímetros de agarrarnos en riña. Gracias al Biyú, que salió en mi defensa mostrando sus colmillos amenazantes al campeón, infundieron temor a todos y la pelea no se produjo. No esperaba tal actitud del perro, pero comprendí hasta donde podía jugarse un amigo.

Por otro lado, ya nos habíamos acostumbrado a sus esporádicas desapariciones. Algunas duraban días, y el pobre siempre volvía flaco y hecho realmente una piltrafa. Ya no teníamos miedo de que se perdiera, pero sí que sus conflictos con otros canes lo arruinaran más de la cuenta. Los otros chicos más grandes me explicaron lo de las caravanas perrunas y el motivo de la diversidad entre tantos perritos semihermanos del Biyú.

De pura casualidad, en una de esas excursiones con los pibes amigos del vagabundeo, veo a mi perro a lo lejos integrando una caravana de congéneres, en ese momento en espera, semi-dormidos en un terreno baldío. El Biyú me distinguió a lo lejos, me movio la cola pero no se apartó de su misión. De repente, se pone de pie la perra causante del amontonamiento y el resto la imita sin más tardar. A los pocos pasos todos se detienen, y él, como queriendo mostrarme el motivo de su peregrinación, intenta como si su turno hubiera llegado, pero fue inmediatamente interceptado por un perro enorme de la comitiva, y reprimido con abundantes mordiscos. Al alejarme lo vi medio maltrecho y en marcha, siguiendo la procesión.

En otra oportunidad también me originó problemas: Se le dio por morder a un chico del barrio, cosa que jamás había hecho. Alcancé a verle la marca de los colmillos en su pierna, y le dije "no se nota nada". Cuando llegó a su casa vino con su mamá y pidió hablar con los responsables del perrito. Le dije que mi mamá no estaba y me pidió que le avise pues el asunto de la rabia canina era sumamente peligroso y que debíamos llevarlo al Instituto Pasteur para que lo revisaran. Caso contrario harían la denuncia policial. A la hora de comer planteé el tema, y hasta mi papá me miró haciéndome el responsable de tal tramitación. Incluso me indicó como llegar a tal Instituto. Hasta me mostró donde quedaba en un mapa de la ciudad. Comprendí que no tenía ninguna alternativa. Esa misma tarde falté a la escuela y me decidí a ir al Instituto. De algo estoy casi seguro: tenía 11 años pues recuerdo el maestro a quién di la explicación el día siguiente.

Esa tarde fue muy significativa para mi por varias razones que ahora te voy a ir contando. Fue la primera vez que me vi obligado a entender un plano de la ciudad de Buenos Aires. Mi papá me lo había explicado y mostrado en el mapa. Debía tomar el trencito en Versailles, cuya estación estaba a 4 cuadras de mi casa. Una vez en Villa Luro cruzar por esas infinitas escaleras hasta el andén principal, y de allí esperar el tren que iba a Once (-ojo, fijate que sea uno que pare en Caballito, me dijo mi papá) y de allí caminar unas 15 cuadras hasta el Instituto. Pero una cosa es que te lo expliquen y otra cuando estás solo y tenés que llegar. Me llevé el plano para mirarlo en el viaje. En esa época los trenes llevaban un furgoncito para llevar bicicletas y paquetes en el tren, que yo aproveché para llevar a mi perro, tanto en el trencito como en el tren grande. Sin problemas bajamos en Caballito. El Biyú más contento que yo ante tan extraño y singular paseo. Agarré por las calles que ya había estudiado en el mapa y quedé sorprendido como la realidad se correspondía con el trayecto que había estudiado en casa. Cuando llegué a Diaz Velez, la crucé con mucho cuidado porque había bastante tránsito, era doble mano y sin semáforos. Cuando encontré al parque Centenario supe con seguridad que estábamos en el camino correcto. Ya lo había visto otras veces viajando en el omnibus 119. Unas cuadritas más y llegamos al Instituto Pasteur con su inconfundible olor a perro. Al llegar alguien me dice:
-Sentate allí pibe que ahora te atiendo- Escuché la voz que obedecí en el acto. A los dos minutos me pregunta: -¿Que pasó con el perrito?-
Fue muy comprensivo y con mucha paciencia me dijo que lo tenía que dejar en observación por no recuerdo cuantos días. Me dió un papel y me dijo:
-Traeme este papel cuando lo vengas a buscar. Sin más trámite me hizo llevarlo a una jaula con rejas que estaba el lado. El tipo vió como, en silencio me caían las lágrimas apenas el hombre cerró la puerta de la prisión y me dijo:
-Son sólo tantos días y te la llevas de nuevo, pero esto hay que hacerlo. La Rabia es algo terrible.

La vuelta fue algo defícil, raro, con un profundo dolor inesperado por haber abandonado a mi perro. Nunca en mi vida he podido desprenderme de esa mirada confundida e inexplicable que me pedía que no lo dejara. Y con ese profundo dolor fui deshaciendo el camino hasta llegar nuevamente a la estación caballito hasta llegar a mi casa. Ese día no pude hacer nada, ni siquiera averiguar si el maestro había dado deberes en la escuela. La hora de la cena la sentí lúgubre y pesada. Como si hubiera contagiado mi dolor a todos, que ni se animaban a preguntarme nada, sólo la fecha para ir a buscarlo.

Y esa fecha llegó finalmente. Esta vez ya era un experto en ir al Instituto Pasteur. Llegué lleno de esperanza al mismo mostrador donde me atendió con la misma gentileza la misma persona quien tomó mi papel sin mediar palabras. Buscó entre sus carpetas y a los pocos minutos me dice sonriente que mi perro no tiene nada, y que me lo podía llevar. Anotó algo en el mismo papel, le puso unos sellos y unas firmas, me lo dió y lo guardé en el bolsillo.

-Ahora vamos a buscarlo- Estaba con otros aburridos y angustiados canes. Yo lo vi en seguida y el tardó mucho más. Lo llamé y miró medio indiferente sin inmutarse. Me vió pero hizo como que no me conocía. Lentamente vino y le abrieron la puerta. No me movió la cola. Se dejó poner la correa y caminó muy lentamente a mi lado sin mostrar ninguna emoción por el reencuentro.

-¿Que pensaría?- me pregunté.
Y seguimos caminando al mismo ritmo por la vereda del parque. Llegamos a caballito a cualquier hora y más tarde a casa. Mi enorme alegría estaba empañada por la reacción del animal que, por supuesto, no entendía nada. Tomó gran cantidad de agua y se fue directamente a su cucha. Durmió de corrido como 4 horas y al típico llamado de mi mamá para la cena, como siempre, él fue el que primero llegó. Como si nada hubiera pasado, adoptó la postura de siempre para aceptar gustoso la comida que le iba pasando. Allí ya me volvió el ánimo a mi alma acongojada pues parecía que todo estaba como siempre.

Y así fue, porque todo siguió como siempre: Era el compañero infaltable de las caminatas infantiles con "los chicos", mi amigo de juegos en el patio de casa, y el que invariablemente me acompañaba hasta la Escuela todos los días.

Dos veces en la calle debí subirlo upa cuando advirtió la cercanía de "la perrera". Si bien se notaba que era experto en esquivar el lazo de esa mala gente, una vez cayó y lo tuve que ir a buscar a un recóndito lugar de Palermo, pagando la multa correspondiente, y cuyos pormenores mejor no relatar.

Luego de la primaria fui al nacional Mariano Moreno. De a poco me fui viniendo un adolescente y mi refugio barrial era "el Ateneo". La relación con mi viejo amigo seguía siendo excelente, aunque más distante y esporádica.

Un día, a la vuelta de mis deportes en ese club, mi mamá me dice que parecía que el Biyú estaba enfermo. Efectivamente, se había acurrucado detrás del lavaropas, donde se lo veía realmente mal. Respirando con mucha dificultad, me miraba con la visión perdida y no respondía a mis requerimientos. Me quedé un rato mirando acongojado sin saber que hacer. Luego volví a ver a mi mamá que me pidió que le hiciera un mandado. Al regresar, Biyú estaba muerto, inconfundiblemente muerto. Lo aparté de su rincón con enorme pena y comprobé que no repiraba. Le avisé mi mamá, a quien también se le escapó una lágrima. Lo cargué en una bolsa de arpillera y con el Biyú a un lado y la pala de punta en mi otra mano lo llevé a la vía muerta, hice el pozo y lo enterré.

Al rato tuvimos otra cena más, en silencio.

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